GANADORES DEL PRIMER CONCURSO

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(Primer Concurso de Microrrelatos de Terror Nosferatu)

Octubre 2018

Número de relatos: 84

PAISES PARTICIPANTES: 8

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España, Colombia, Argentina, Bolivia, Nicaragua, Perú, Méjico y Guatemala

 

GANADORES: (haz click en el relato para leerlo)

PRIMER PREMIO

Asmodeo (seudónimo) Spain-flat icon  España

Mala suerte

 

SEGUNDO PREMIO

Mitriades (seudónimo) Spain-flat icon España

Escafo

 

TERCER PREMIO

Sebastián Goodburn Nuñez  Colombia-flat icon Colombia

Maternidad frustrada

 

FINALISTAS

Boldo Colmenar (seudónimo) Spain-flat icon España

El último abrazo

 

Eva Mª Cristobal Antoñanzas  Spain-flat icon España

Maternidad frustrada

 

Eva Mª Cristobal Antoñanzas  Spain-flat icon España

Imsomnio

 

Eva Mª Cristobal Antoñanzas  Spain-flat icon España

Secretos de familia

 

Francisco Pérez Meza  Mexico-flat icon Méjico

Mi sombra en la pared

 

Diego Giovanni Acosta Colombia-flat icon Colombia

Ella no me amaba

 

Gustavo Espinel Colombia-flat icon Colombia

Detrás

 

Lucía Burgos  Spain-flat icon España

Psicópata de mi vida

 

Mitriades (seudónimo) Spain-flat icon España

La desesperación

 

MENCIÓN HONORÍFICA AL RELATO MÁS ORIGINAL:

Boldo Colmenar (seudónimo) Spain-flat icon España

El último abrazo

 

 

 

 

 

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La mina peligrosa.................ekljrlajl

Mala suerte

El plan de fuga era perfecto, llegar a un acuerdo con el celador encargado de llamar a la funeraria para que se llevasen el ataúd cada vez que un preso falleciera en la cárcel. Así fue como habíamos acordado y por fin llegó mi oportunidad, tuve que meterme en el ataúd a oscuras junto a un recluso recién fallecido esa noche y esperar a que los de la funeraria recogieran el cadáver a la mañana siguiente para trasladarlo al cementerio. Una vez fuera, mi cómplice únicamente tenía que acudir a mi rescate y sacarme a toda prisa debido al poco aire de que disponía. Ya bajo tierra, una angustia terrible se apoderó de mi y al volverme para comprobar que pobre desgraciado me hacía compañía, solté un grito ahogado lleno de espanto al reconocer que el cadáver de mi compañero de viaje era el del celador de la cárcel.

Escafo  

Acusado de haber violado y hecho desaparecer a la hija del rey.

En el juicio sumario no hizo alegación alguna.

Le encerraron supino entre una artesa doble de madera, con cinco aberturas para las extremidades; cabeza, manos y pies.

El cráneo; lobotomizado en abierto con la masa encefálica sazonada con maíz, voraz atracción de aves depredadoras.

El rostro; untado de polen y miel, goloso manjar para plagas de insectos voladores.

Las manos; desolladas e infectas con larvas de sanguijuelas ascendiendo por sus venas.

Los pies; mutilados sus dedos y esparcidos como alimento de devoradores carroñeros.

Entre roncos estertores transitaba en lenta agonía hacia la muerte.

Pero ninguna invocación a la clemencia.

Quince lunas después, su lacerado cuerpo  aún respiraba… cuando, inesperadamente, reapareció la hija del rey.

— ¡Padre! ¡Qué habéis hecho con mi fiel siervo Escafo!

¿No veis que es un pobre  sordomudo?

Maternidad frustrada

Ignoran mis sentimientos, mi profundo amor hacia él. De su cuerpo emana un aroma delicado y penetrante que me embriaga y me traspasa. Sus ojos duermen bajo unos parpados pálidos y sedosos. Su piel es casi transparente. Sus manos caen lánguidamente sobre mi regazo y yo las observo durante horas en un éxtasis de placer amoroso.

Duermo con él, como con él, paseo con él. Llena todo mi espacio, mi tiempo, su presencia desintegra la mía y ambos somos uno en el limbo que hemos creado apartado del resto del mundo y sus inmundicias.

Ellos quieren arrebatármelo, no entienden de esta pasión sin límite. No comprenden

Ya se lo llevaron una vez, lo sepultaron los muy insensibles. Pero no volverán a quitármelo, ésta vez no. Yo, soy su madre. A mi no me importa que naciera, muerto y deforme y que ahora se deshaga entre mis temblorosas manos.

El último abrazo

             Tras el cristal veía el ataúd cerrado. Un día agotador en el tanatorio, pero quería despedirse de tía Amparito como se merecía: maldiciéndola. Maldecía los años que había soportado sus malos tratos, su codicia y sus pésimas amistades. La odiaba desde que tenía recuerdos, desde que su madre falleció. Pero supo esperar.

            La ingresó dos años atrás. No quiso cuidarla. Tampoco le dio el último abrazo que le pidió. Pero cuando la visitaba le llevaba un ramo de rosas. Envenenadas.

            Ella se fue arrugando, encogiéndose sobre sí misma. Al fin murió. Nadie sospechó nada. No pudieron enderezarla. La amortajaron encogida, y el ataúd no se abrió más. Hasta ese momento…

            Un olor pestilente lo envolvió, y se sintió empujado contra el cristal. Aterrorizado, vio reflejarse un rostro decrépito y sonriente que le decía: «―¡Abrázame, cariño!»

            Encontraron el féretro abierto, y el cadáver de Amparo abrazando estrechamente a su sobrino muerto.

Maternidad frustrada

Ignoran mis sentimientos, mi profundo amor hacia él. De su cuerpo emana un aroma delicado y penetrante que me embriaga y me traspasa. Sus ojos duermen bajo unos parpados pálidos y sedosos. Su piel es casi transparente. Sus manos caen lánguidamente sobre mi regazo y yo las observo durante horas en un éxtasis de placer amoroso.

Duermo con él, como con él, paseo con él. Llena todo mi espacio, mi tiempo, su presencia desintegra la mía y ambos somos uno en el limbo que hemos creado apartado del resto del mundo y sus inmundicias.

Ellos quieren arrebatármelo, no entienden de esta pasión sin límite. No comprenden

Ya se lo llevaron una vez, lo sepultaron los muy insensibles. Pero no volverán a quitármelo, ésta vez no. Yo, soy su madre. A mi no me importa que naciera, muerto y deforme y que ahora se deshaga entre mis temblorosas manos.

Insomnio

Siento un peso cada noche, a los pies de mi cama. Se posa con suavidad y permanece un buen rato. Enciendo la luz de la mesilla y no hay nadie. La apago y el peso se siente ahí. De vez en cuando me lanza un suspiro cuyo aliento enfría mi cara y enturbia mi respiración. Alberto no me cree y me recomienda ir al especialista a curar el insomnio recurrente. No me siento segura, en seguida me deja en un arrullo insoportable de ronquidos , sola frente al peso. A veces la luz de la luna merodea entre los cristales y acaba reflejándose inocente en la sonrisa afilada de Eso, que se sienta a los pies de mi cama cada noche.

Hoy, Alberto duerme y no oye los gruñidos animales que emito, mientras mis uñas quedan rotas en la madera de la ventana . Eso me arrastra, sordamente, consigo.

Secretos de familia

Esta noche es imposible. No puedo salir disparada de mi cuerpo como otras noches .Proyectarme sobre el paisaje idílico sujeto con alfileres al gotelé amarillento de la pared. Hoy me niego a recibirlo en el sofá impregnado del olor acumulado a humo y sudor viejo, a restos de orina y semen secos que dibujan cercos desvaídos y purulentos

He perdido la noción del tiempo. Sólo anoto : está el monstruo, no está el monstruo.

Cuando está y me posee, me reduzco a un hilo negro que traspasa los huecos de su aniquilada boca y vuelo hacia el poster. Pero hoy le esperaré en el suelo de madera. Mientras mi cerebro quede atrapado entre las tablas , mi espíritu saldrá de mí , inmune. Entonces aniquilaré su miembro infecto con las tijeras de podar que dejó por descuido.

Querido abuelo André, no le diré nada a la abuela. Mientras te desangras

Mi sombra en la pared

Me gustaba estar solo desde que ella murió. Muchas veces la imaginaba a mi lado, hablaba con ella, pero nunca me respondió… nunca hasta esa noche obscura, la noche de la gran tormenta; el rayo cayó a escasos metros de la casa, la energía eléctrica falló. Encendí unas velas, se formó mi sombra en la pared, escuché la voz de ella, parecía provenir de ese muro gris, me acerqué, un impulso me hizo tararear nuestra canción favorita… la inercia me llevó a extender mi mano hacia la sombra en la pared, el reflejo correspondió, ambas manos se unieron para danzar ritmicamente la canción, en el momento de dar el giro, súbitamente la energía eléctrica se recuperó, la habitación se vio iluminada, sentí un jalón hacia el interior del muro, desde ahí pude ver mi sombra en la habitación, ¡ella cobró vida y yo quedé dentro de la pared!

Ella no me amaba

Ella me dijo que me amaba, y yo le creí. Pero al final me di cuenta que sólo le interesaba mi cuerpo. Debí sospecharlo por la forma en la que me miraba. Yo no soy un hombre atlético. No me considero realmente atractivo, pero era curioso como me miraba. Como paseaba sus manos por mi piel y me observaba con ansias mientras lamía sus labios. Estaba siempre atenta a mi dieta y repetía constantemente lo maravilloso que lucía. Asumí que quería que estuviera sano, que se preocupaba por mi. Pero cuando me mudé con ella me di cuenta de que sólo le interesaba mi cuerpo.

Lo único que puedo hacer ahora es luchar contra las cadenas y la mordaza en mi boca cuando, cada noche, ella corta otro trozo de mi pierna, cauteriza la herida, se sienta en una mesa frente a mi y se come mi carne con vino.

Detrás

Es la tercera vez que le veo detrás de mí en el espejo.

Con un paño húmedo removía el maquillaje de mi cara cuando lo vi posado sobre la cama la primera noche. Un bulto sin forma del tamaño de un gato tan oscuro que sólo podía entender sus dos ojos amarillos. Cuando voltee a mirarlo, el espejo tras de mí se quebró y eso ya no estaba.

La siguiente noche, mientras cepillaba mis dientes lo vi parado en el umbral de la puerta; era tan grande como yo. Grité y di un giro tan rápido que cuando el espejo se rompió y la luz del baño explotó quedé desorientada.

Ayer evité los espejos, pero fue inevitable no ver mi reflejo en la ventana del pasillo. Esta vez su cabeza rozaba el techo. Me observaba; pupilas dilatadas.

Decidí no moverme, no voltear, no gritar. Esta vez, eso sonrió.

Psicópata de mi vida

Me di cuenta que me había dejado la puerta del porche abierta justo cuando entraba en la ducha. Enseguida supe que había sido un error que pagaría muy caro.

Mi ex marido se coló con una facilidad que no esperaba. Espero paciente a que saliera del baño y me acorraló en el pasillo de la que había sido nuestra casa.

-Eres una zorra y una estúpida- Y con la segunda palabra llegó el primer bofetón.

Me cogió del cuello y me arrastró a la cocina. Me sentó en una silla mientras me retorcía de dolor, agarrándome con las dos manos el lado derecho de la cara. Encendió el horno. Y llamó a Lady, mi perrita pekinesa.

-Vas a pagarme todo lo que me has hecho, dijo él con una sonrisa oscura y sibilante, mientras metía a Lady, todavía viva en el horno.

La desesperación

“Me agrada un cementerio

de muertos bien relleno,

manando sangre y cieno

que impida el respirar,

y allí un sepulturero

de tétrica mirada

con mano despiadada

los cráneos machacar”.

Versos de Espronceda, que de adolescente descubrió en escolar antología  poética y que le acompañaron toda su vida consagrada como celador de aquel lúgubre camposanto.

Recinto  que aquella noche oscura recorría junto al sepulturero, provistos de antorchas y estacas, alertados por el rumor de que un intruso deambulaba furtivo por aquella quinta sacra.

Repitiéndose nervioso, en voz alta y sin cesar, aquellos versos en lenta letanía cansina y exasperante.

Fueron sus últimas palabras.

Cayó empujado al fondo de aquella fosa abierta junto al camino.

Y una estaca puntiaguda se hundió en su frente atravesando crujiente el cerebro hasta dejarlo empalado en la arena.

El sepulturero le contempló  con torva mirada.

Y con mezquina sonrisa masculló despectivo:

¡Poetas!... Aficionados…

El último abrazo

             Tras el cristal veía el ataúd cerrado. Un día agotador en el tanatorio, pero quería despedirse de tía Amparito como se merecía: maldiciéndola. Maldecía los años que había soportado sus malos tratos, su codicia y sus pésimas amistades. La odiaba desde que tenía recuerdos, desde que su madre falleció. Pero supo esperar.

            La ingresó dos años atrás. No quiso cuidarla. Tampoco le dio el último abrazo que le pidió. Pero cuando la visitaba le llevaba un ramo de rosas. Envenenadas.

            Ella se fue arrugando, encogiéndose sobre sí misma. Al fin murió. Nadie sospechó nada. No pudieron enderezarla. La amortajaron encogida, y el ataúd no se abrió más. Hasta ese momento…

            Un olor pestilente lo envolvió, y se sintió empujado contra el cristal. Aterrorizado, vio reflejarse un rostro decrépito y sonriente que le decía: «―¡Abrázame, cariño!»

            Encontraron el féretro abierto, y el cadáver de Amparo abrazando estrechamente a su sobrino muerto.